Cómo deberíamos terminar cada jornada los cuidadores de Alzheimer

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Ejercicios manuales que aportan placidez, autoconocimiento y mucha calma anímica.

¡Buenas noches, amigos!

Ya va siendo hora de dar por concluido el día de hoy. Pero me gustaría compartir con  todos ustedes un par de costumbres que adopte desde que soy cuidadora principal para poder irme a la cama tranquila y con la satisfacción de que la vida, a pesar de los pesares, tiene sentido y vale la pena vivirla :). ¡Mentalidad positiva al 100%, ya saben!

Les cuento, pues: entre las rutinas diarias que me obligo a realizar cada noche, cuando por fin me tomo un tiempo para desconectar de mi labor de cuidadora, aprovechando que mi hermano se va a dormir, se encuentran  dos hábitos muy introspectivos: el primero, hacer una lista mental o escrita de todas las cosas buenas que me ha brindado el día que se termina, y agradecer a la vida por ello; y el segundo, evaluar mi labor como cuidadora durante ese día (qué he hecho bien, en qué me precipité o cometí un error y, por tanto, qué debería corregir,  y qué aprendí hoy de nuevo).

DOS EJERCICIOS SENCILLOS, PERO NECESARIOS, PARA TERMINAR EL DÍA^^

El ejercicio de expresar mi gratitud me ayuda a ser consciente de todos esos pequeños y grandes detalles que suceden en mi jornada y me facilitan la vida, o bien, me imprimen una inyección de alegría; digamos que es una fórmula sencilla para mantener una actitud optimista, a pesar de los numerosos episodios de estrés, fatiga o desazón que salpican mi día a día como cuidadora permanente de una persona con alzheimer. En cuanto al ejercicio de autoevaluación, me permite aprender sobre la marcha cuáles son mis debilidades y mis fortalezas en el desempeño de mi rol de cuidadora, ya que, cuando se convive con una dolencia tan imprevisible, agitada y ciclotímica como son las demencias, poseer una actitud abierta a la flexibilidad y los reajustes in situ resulta una condición sencillamente apremiante. En cualquier caso, lo positivo de ambas costumbres es que contribuyen a sentirme mejor, al mismo tiempo que me otorgan altas dosis de relativismo, claridad y autocontrol sobre el funcionamiento de mi vida.

En realidad, el recurso psicológico de expresar gratitud está en boca de todo profesional de la salud mental  o experto en coaching  que se precie. De hecho, no es nada complicado conseguir plantillas o libros de ejercicios (en la página de ximenadelaserna.com tiene unas maravillosas que pueden descargarse gratuitamente) que ayuden a implementar este hábito tan beneficioso para el alma y que, además, evita que uno caiga tanto en el victimismo tóxico,  como en la zozobra emocional.

En cambio, la autoevaluación es un ejercicio que, al menos yo, extraje de mi formación profesional como pedagoga social. Y es que la evaluación es ese método imprescindible que se utiliza para medir la calidad de un producto o una acción que realizamos y tiene como finalidad señalar si vamos en el camino correcto o si pecamos de defectos o fallos que han de ser subsanados con el fin de lograr un trabajo más eficiente, siempre en pos de la mayor excelencia.

EL HÁBITO DE AUTOEVALUAR NUESTROS CUIDADOS ACUDIENDO AL SENTIMIENTO DE EMPATÍA 

Los cuidadores, por nuestra intervención e interacción constante con otra persona a la que hemos de prestar ayuda, deberíamos abrazar el hábito de evaluar reiteradamente nuestras acciones, nuestro modus operandi , respondernos a la pregunta de qué clase de atenciones  y cuidados proporcionamos a nuestros enfermos y si éstos se hallan en consonancia con lo que realmente exige nuestro dependiente de nosotros. Porque no hay que olvidar que está en nuestra mano la responsabilidad de su bienestar. Tal vez suene muy exigente y abrumador, pero es la mera verdad: así son las cosas cuando se trabaja en el afán de mejorar la vida de otras personas.

En todo caso, la estrella polar de toda  acción que ejecutemos como cuidadores ha de ser la empatía, es decir, el llevar a cabo la práctica de ponernos en el lugar del enfermo e intentar entender qué necesita,  para qué podemos serle útiles realmente, o dicho en otras palabras: si nosotros fuésemos un enfermo con alzheimer, ¿qué precisaríamos de los demás?

Parece una cuestión sencilla y lógica al leerla, ¡pero nada hay más laborioso que buscar la objetividad en las subjetividades ajenas! Y dicha laboriosidad se ve agravada con un plus de dificultad en el caso de aquellas personas que se pasan la vida desempeñando el papel de cuidadores, una tarea de consecuencias extenuantes y que deja escaso espacio y tiempo libre para reponerse a nivel emocional y físico.

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Y es que tener que albergar la capacidad de empatizar con una vida ajena, cuando tú te ves ofuscada entre tanta presión y responsabilidad, resulta una labor que, en ocasiones, exige mucha fuerza de voluntad. ¡Vaya si no!

NO SIEMPRE EL ESFUERZO DEL CUIDADOR ES PRODUCTIVO Y OFRECE LOS RESULTADOS DESEADOS.

Pero es sumamente importante repensar nuestro trabajo como cuidadores, amigos, porque muchas veces caemos en el error de confundir esfuerzo extra como resultados deseados. ¿A qué me refiero con esto? Que, si bien nadie puede poner en duda que como cuidadores damos el 200 % por nuestro familiar enfermo, eso no significa que nuestro enfermo tenga los cuidados y la vida de calidad que debería.

Esto se debe a que la mayoría de nosotros somo «cuidadores informales», es decir, no somos cuidadores por vocación ni nos formamos para ello. De hecho, lo ideal, ideal, ideal, sería que cada cuidador contase con un grupo de trabajo que los ayudasen en esta labor repartiéndose las tareas.

En este sentido, el contar con recursos externos de cuidados (clases, talleres, centros donde poder llevar a nuestro familiar algunas horas para los profesionales pertinentes trabajan con ellos en áreas distintas de la salud, desde el ocio hasta las actividades terapéuticas o de estimulación cognitiva) resulta prácticamente una necesidad , no sólo para que el cuidador descansa de su labor permanente, sino especialmente por el bienestar de nuestro familiar. Otra cosa es que desgraciadamente no todos los cuidadores puedan hacerse con este recurso, lo sé… 😦

Este asunto lo he tratado en otras entradas de este blog (ver aquí)

Y esto , queridos compañeros, es una verdad muy dura. Al menos para mí aceptarla fue como choque emocional. Pero por eso es tan indispensable ser empático y evaluar hasta qué punto estamos haciendo bien nuestro papel.

Porque no se trata de lo que pensemos nosotros desde nuestro ego, nuestro ser; sino desde el punto de vista de nuestro familiar que, infelizmente, no puede ya expresarse, pero tiene unas necesidades propias que van más allá de los cuidados físicos o el mero acompañamiento o supervisión.

Hay que estar muy atentos a esta cuestión y ser lo más objetivos posible. Y es que, en temas de cuidados no siempre querer es poder. Y no porque no seamos unos cuidadores fabulosos, eh. ¡Nada que ver! Simplemente es que nuestro enfermo necesita más atenciones de las que puede ofrecerle una única persona.

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No obstante, amigos, he de confesar que en este aspecto juego con una cierta ventaja, ya que siempre me ha gustado trabajar en la intervención con personas en situación de desventaja o riesgo de exclusión social. De hecho me formé como educadora social y cuento con un poco de pericia laboral en este ámbito.

Aun así, y como todo el mundo, tuve que aprender en algún momento a desarrollar dicha actitud empática, al igual que la destreza evaluarlo todo.  Así que… ¡todo es empezar, amigos!

Todo es cuestión de trabajar la realidad con nuestra mente, ¡visualizarla más allá de lo observable, sí! ¡Suena a superpoderes, ¿a que sí?! ^^  En definitiva, y volviendo al tema (que yo soy una experta en distorsionar las conversaciones importantes mediante comentarios absurdos, ¡¡perdón!!), hay que ser muy conscientes de que debemos trabajar regidos por el impulso empático, porque eso es justamente lo que nos lleva a autoevaluarnos y a perfeccionar nuestro desempeño como cuidadores.

Nunca voy a tener la plena convicción de si hago lo correcto o no, pero lo que sí es verdad es que esta actitud asertiva y analítica me ayuda a mí misma a aceptar esta vivencia crítica con la mayor de las templanzas, erradicando toda manifestación de drama, conmiseración o histeria.

Larga historia hecha corta, ésta es la experiencia (y el consejo) que les comparto hoy: yo nunca me voy a dormir sin previamente elaborar mi lista mental de gratitud y pasar mi examen de autoevaluación, ni me levanto de la cama al día siguiente sin musitar un cordial saludo al nuevo día que comienza en esta mi vida actual. De ahí mi ya mítico mantra de “¡buenos días, alzheimer!” :).

En fin, esto es todo lo que quiero decirles por hoy. Espero que les haya parecido interesante mi reflexión y que ustedes se animen a dar su opinión al respecto 🙂 . Además me interesa saber cuáles son sus costumbres para finalizar su día con mejor humor o qué hábitos o rituales nuevos han ido adquiriendo nuevos desde que son cuidadores ¡¡Cuéntenmelo, por favor!! ¡Seguro que tienen mucho que enseñarme como cuidadora! ^^

Un abrazo inmenso para todos. Cuídense mucho, cuidadores ;).

EL PODER DE LAS PALABRAS EN NUESTRA REALIDAD COMO CUIDADORES

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«Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosostros (…)» Juan 1:14)

«Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias». (Eduardo Galeano)

¡¡Buenos días, amigos!!

¡Claro que sí! Yo también acredito que estamos hechos de historias, lo que equivale a decir que estamos hechos de palabras convenientemente entretejidas con las que transmitimos todo nuestro potencial: lo que somos, lo que queremos ser, cómo entendemos la vida y el valor que le damos a todo lo que nos sucede y nos circunda. ¡Y es bueno que compartan todas esas historias que los hacen personas únicas e irrepetibles, para que los demás nos inspiremos o aprendamos de ustedes! 🙂

Y es que es indudable que las palabras encierran una fuerza, un poder connatural e inefable en sí mismas. Por eso, yo creo que uno de los mayores regalos que me han dado, uno de mis bienes más preciados y una de las mayores virtudes que detento es la capacidad de leer y escribir.

Mi aprendizaje de la lectoescritura supuso un salto cualitativo en mi vida, ¡hasta el punto de que no sabría concebirla sin andar por ahí descifrando signos lingüísticos por doquier!

Y desde que soy cuidadora, y dado la restricción que me supone para hacer vida social fuera de casa y poder pasarme horas con mis amigos charlando y charlando, la lectura de libros y páginas digitales ha sido para mí toda una salvación.

Leyendo distraigo mi mente y mis emociones, y mitigo un poquito esa sensación de soledad incómoda que me produce pasar tantas horas metida en casa o permanentemente pendiente de mi familiar enfermo. Es más, de los beneficios que nos regala la lectura a los cuidadores traté en un escrito anterior en este blog

Pero hoy quiero reflexionar con ustedes sobre la importancia de utilizar una vocabulario positivo y compasivo con nosotros mismos y con los demás. Porque las palabras crean historias en nuestra mente, las historias influyen en nuestros pensamientos y los pensamientos marcan el modo en que percibimos la vida.

EL PODER CONSTRUCTOR O DESTRUCTOR DE LAS PALABRAS QUE DECIMOS

Dicho de otro modo, lo que decimos esconde —y refuerza— un patrón de conducta, en cuanto a creencias o filosofías de vida, que nos terminan definiendo.

Precisamente porque las palabras significan tanto, la selección que hagamos de ellas contienen la fuerza de destruirnos o de construirnos; de beneficiarnos o de hundirnos; en definitiva, de perfeccionarnos o de envilecernos.

Y es que cada vez que proferimos un «ojalá…», un «no puedo…», un «no soy capaz…», un «me falta…«, un «esto me supera…» o un «me siento impotente…» nos estamos ahogando en el fango más perjudicial de la pasividad o el espíritu derrotista y lastimero. 

¿¿Y de veras una persona como tú, que posee todo un cúmulo cualidades y capacidades maravillosas, de lo contrario no podrías a cuidar de nadie, se merece ese tipo de palabras?? ¡Nooooo!

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Hablarnos constantemente en negativo, con verbos conjugados en modo subjuntivo e hiriendo nuestras frases con peros innecesarios, solo puede dar como resultado final un inconmensurable sentimiento de frustración e insatisfacción.

Sentimiento que nos impide darnos la oportunidad de intentarlo de veras, de actuar con el corazón; de ensayar posibles soluciones y de adquirir una actitud positiva y de superación personal que nos haga sentir reconciliados con la vida.

APLICANDO LA PROGRAMACIÓN NEUROLINGÜISTICA A NUESTRA VIDA COTIDIANA

En este sentido, la Programación Neurolingüística (PNL) aporta resultados fabulosos en nuestro crecimiento personal al aplicar la técnica mental basada en el estudio de cómo estamos programados para aceptar la vida. Es decir, cómo pensamos, qué influencia tiene todo lo que guardamos en nuestro inconsciente (creencias, fobias, parámetros culturales, sesgos personales,…) y con qué lenguaje operamos para representarnos la realidad según nuestro filtro. Por explicarlo muy brevemente…

Porque, como aseguraba Korzybsky, se trata de analizar cómo captamos en nuestro interior aquello que realmente nos sucede y ser conscientes de que la vida no necesariamente resulta ser como la tomamos («El mapa no es el territorio», ¿les suena esta frase? ; ) ).

Así pues, apostar por el empleo consciente de la PNL en nuestra rutina diaria es uno de las prácticas más recomendables que puedo sugerir a todo el mundo 🙂 . Y es que no se necesita un gran despliegue de medios ni sacrificios de horarios. Sólo tener voluntad de explorar nuestros pensamientos y el vocabulario que usamos para expresarlos, poniendo atención en erradicar toda expresión negativa que nos desmotive o nos victimice.

Reflexionar, por tanto, sobre cómo nos comunicamos con los demás y con uno mismo resulta casi un deber, dado que su influencia atañe a todos los ámbitos de nuestra vida.

Al igual que sucede cuando somos capaces de atender, reconocer y dar valía a nuestros logros y habilidades, y a los logros de los demás (empezando por celebrar las capacidades que aún permanecen intactas en nuestros enfermos de Alzheimer en lugar de lamentar sus déficit); el hábito de la comunicación positiva demuestra una actitud muy saludable ante la vida : ).

¿Y en qué grado nos influye una comunicación basada en un lenguaje en positivo?

Pues, desde un punto de vista de la  intercomunicación con nuestro paciente o familiar, es fundamental trasladarles la sensación de que todo está bajo control; inspirando seguridad y una actitud positiva ante las situaciones tan difíciles y abrumadoras por las que atravesamos en el periplo que supone experimentar una enfermedad.

Así, transmitirle a quien cuidamos la confianza indiscutible de que todo cuanto ocurre entraña su parte positiva; y acompañar dicho mensaje con un lenguaje no verbal (corporal) y paraverbal (tonal) calmado y asertivo, funciona como un bálsamo en la vivencia crítica de la persona dependiente. Quien se sabe vulnerable y, por ello, nos necesita más seguros e incólumes que nunca.

Y, desde una perspectiva personal… ¡¡el hablarnos con buenas palabras es absolutamente imprescindible!! Implica el comienzo y la base del resto de las relaciones. ¿Cómo, sino, vamos a poder transmitir y alcanzar este estado de calma y de esta-todo-bien si previamente no trabajamos la intracomunicación con nosotros mismos?

Siempre, siempre, siempre la comunicación y la relación más relevante y genuina es la que mantenemos con nosotros mismos. A partir de ahí, todas las interacciones que realicemos con los demás serán un mero reflejo de nuestra intracomunicación. Por eso, debemos vigilar muy de cerca nuestras ideas.

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Como suele decirse, si tienes el poder de cambiar tu mentalidad, tienes el poder de cambiar el mundo ^^.  Por eso, amigos cuidadores, aprendan a controlar sus propios pensamientos y conversaciones internas:

—> Quiéranse, mímense, apapáchense —que dirían mis amigos mexicanos 😉 — y dense el chance de poder corregir cualquier error que hayan podido tener.

—> Háblanse con compasión y generosidad.

—> No busquen culpas innecesarias ni se exijan lo que seguramente no exijirían a los demás.

—> Riánse de todo, búsquelen el lado cómico a las cosas que ven, que experimentan,…

—> Y nunca utilicen la enfermedad de un familiar —u otra persona— para ponerse límites, para justificar su propia desgana,… o para sentirse una víctima. Opino que siempre somos el producto de esas decisiones que vamos tomando día a día…

Y SI HABLAMOS DE RESPONSABILIDADES PROPIAS Y LENGUAJE… HABLEMOS DEL HO’OPONOPONO

En este sentido, creo conveniente compartir con ustedes la paz que otorga el ejercicio mental de utilizar la técnica del Ho’oponopono, ¿la conocen? Significa «hacer lo correcto» y se considera una técnica sanadora, que parte de la premisa de que nosotros creamos nuestra propia realidad a través de nuestro modo de pensar. Se trata, pues, de trabajar con la mente espiritual, más que la meramente mental. Aquí les dejo algún vídeo para que aprendan más.

Lo lindo del Ho’oponopono es que nos mueve a poner amor en todo, o comprender todo a través del amor, y no desde los juicios de valor mentales que realizamos constantemente. ¿Por qué traigo a colación esta herramienta espiritual hawaiana? Pues, por el mantra esencial que utiliza para sanar esas situaciones que nos causan malestar: Lo siento; Perdóname; Te Amo; Gracias.

Cuatro palabras que inciden en poner amor y solucionar lo que nos hace sentir mal, asumiendo que hay una parte de nuestra responsabilidad en la manera en que miramos el mundo o consideramos una circunstancia. Se trata de perdonar a los demás, lo que está fuera de nuestro control; además de perdonarnos a nosotros por generar problemas con nuestra visión crítica.

Así, cada vez que uno sienta mucho malhumor, mucho dolor o mucha angustia ante una situación, lo que debe de hacer es detenerse, darse unos minutos de reflexión y asumir que se puede corregir esa situación desde los pensamientos internos.

Es entonces cuando pronunciamos las 4 frases mágicas: LO SIENTO —por el mal que estoy provocando con mi actitud—; PERDÓNAME —asumo la responsabilidad que me toca y quiero hacer lo correcto para subsanar mi error—; TE AMO —me comprometo a poner más amor donde antes no lo llegué a dar en la medida precisa— y GRACIAS —por lo que me ha enseñado esta experiencia.

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Y así las palabras fluyen en nuestra mente y nos van aportando la calma y la confianza que necesitamos en nuestro día para funcionar mejor 🙂 .

Es como la práctica de rezar a Dios, solo que con el Ho’oponopono no esperamos a que alguien interceda a nuestro favor, sino que nosotros nos hacemos partícipes de nuestro propio bienestar —y, por extensión, del de los demás.

En definitiva, amigos, cuando ponemos en funcionamiento una mente proactiva, curiosa y decidida, y la manifestamos a través de palabras que señalan ver el vaso medio lleno; cuando somos conscientes de que, en esas ocasiones en que nos sintamos más vulnerables, con agotamiento y desánimo, es justo cuando más debemos demostrarnos nuestra capacidad de resiliencia, de hacer el esfuerzo extra y dar lo mejor de sí...; entonces, estamos plasmando en el mundo nuestras creencias internas, mediante nuestras expresiones lingüísticas y  nuestros pensamientos.

Habrá a quienes les parezca laborioso el pararse a pensar en estas cosas, y más aun el llevarlo a cabo… Pero lo importante es que entiendan cómo se relaciona el lenguaje que usamos con nuestro estado físico y emocional. Porque cada uno nos llenamos la cabeza con nuestra propias historias y, a fin de cuentas, somos lo que contamos.

Esta es la reflexión que les dejo hoy y espero que los recursos que les menciono sean de su ayuda, esa es mi intención 🙂

¡¡Un abrazo enorme y muchos mimos, amigos!! ¡Cuídenseme mucho, cuidadores!

¡Feliz semana!

EL ALZHEIMER INSTITUCIONAL Y SOCIAL

Womans hands connected With Tangled String¡Buenos días, queridos amigos!

Hoy quisiera reflexionar, como cuidadora informal, sobre la situación de elevada vulnerabilidad a la que nos vemos abocados quienes nos dedicamos continuamente a velar por la salud y el bienestar de una persona con Alzheimer o cualquier otra enfermedad que genere dependencia).

La falta de respaldo social y político es uno de nuestros peores enemigos, sin duda. Y yo puedo decirlo con gran firmeza porque llevo viviendo el drama de tener a una persona con la enfermedad de Alzheimer en la familia desde principios de los años noventa, y hasta hoy encuentro que los cuidadores seguimos teniendo que batallar por los mismos derechos: visibilidad, reconocimiento y apoyo social, entre otras cosas.

UN POCO DE HISTORIA SOCIAL PARA CONTEXTUALIZARNOS…

A España, país en el que resido, siempre se la ha asociado, a nivel sociológico, a uno de esos países que conforman el bloque del Sur de Europa (junto con Italia, Grecia, Portugal, Malta, Chipre) no tanto por su proximidad geográfica, sino por todo un cúmulo de características ‘idiosincráticas’ que comparten.

¿Qué quiere decir eso? Pues, que entre los rasgos comunes de estas naciones  destacan la gran indulgencia hacia prácticas vinculadas a la economía informal o sumergida y, muy especialmente, la creciente incorporación de las mujeres al mercado productivo (laboral) y las dificultades que ello supuso en la consecución de una conciliación de la vida laboral y doméstica para ellas y para el resto de los miembros de la familia. Pero este maremoto familiar viene agravado por  dos razones: la insuficiente implicación estatal a la hora de cubrir estas necesidades, así como la falta de reparto equitativo y responsable de las tareas reproductivas (domésticas) por parte de los colectividad masculina.

En época de bonanza económica, como la de los primeros años de este siglo XXI, se acudió a la implantación de  una estrategia de mercantilización de este tipo de empleo,  si es que ningún miembro del hogar deseaba dejar de trabajar fuera, creando un nicho laboral que ha sido desempeñado por la población inmigrante, especialmente la femenina, pero que, en cualquier caso, fue siempre asumida económicamente por el seno familiar, mientras el Estado siempre mantuvo una tendencia a desligarse de las obligaciones que acarrean las tareas reproductivas de cuidados a las personas dependientes.

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De esta realidad surgen dos situación desfavorables para el mundo de los cuidados: la primera, es la creación de un nicho laboral de escasa categoría social: el de las cuidadoras profesionales; la segunda, radica en la poca atención y ayuda que siguen experimentando las personas cuidan de manera informal a sus familiares enfermos o discapacitados. Tanto unas como otras continúan (continuamos) sin ser tenidas en cuenta ni valorarse nuestra labor. Lo cual resulta verdaderamente lacerante :(.

LA FALTA DE APOYOS INSTITUCIONALES PARA LOS CUIDADORES

Y es que los recursos sociales nunca terminan de ser suficientes y las ayudas económicas para mantener el status quo de la familia española a hacerse cargo de los “cuidados en el entorno” doméstico tampoco terminan de ser los necesarios. ¡Y cada vez escasean más y disminuyen más y se deniegan más! ¡Pero, ojo, todo sea por salir de la crisis! ¡ja!

Pues bien, a estas alturas del partido, en pleno año 2016, siguen siendo constantes las noticias (como la que publica el periódico eldiario.es o Infolibre), amparadas en datos del Imserso, de cómo nuestra sociedad ‘tan europea’ y tan ‘primer mundo’ continúa ningunean a los cuidadores informales.

Como si las personas dependientes fueran vistas como un despojo social y los familiares los únicos responsables de su manutención y cuidado, aun a riesgo de que tengan que empeñar su propia vida personal y laboral para ocuparse de ellos. En definitiva, las instituciones políticas insisten en considerar a los ciudadanos dependientes como ciudadanos de segunda clase… en el mejor de los casos.

Y así es que al impacto emocional y a las numerosas restricciones de independencia personal que padecen los cuidadores, se le añade la preocupación económica de cómo lograr costear aquellos servicios terapéuticos que precisa nuestros familiares dependientes o como llegar a fin de mes si una es cuidadora y no puede incorporarse al mercado laboral ni, por ende, generar ingresos para abastecer debidamente al grupo familiar.

¡Es que nuestra situación no es una cuestión baladí!

Gran parte del sentimiento de frustración y ansiedad que golpea a los cuidadores, junto con la sensación de tener una vida miserable, llena de obstáculos y de limitaciones viene motivada por la falta de recursos sociales que hay. Recursos que sí existen, en cambio (¡oh casualidad!) para costear campañas electorales, reformas urbanas innecesarias (o cuando menos que no revisten urgencias), o altos niveles de vida de la clase política con ínfulas de nobleza.

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Realmente, el panorama social actual es indignante, y puedo aseverarlo en primera persona, y puedo acreditarlo a lo largo de dos décadas. Como comenté más arriba, llevo conviviendo con la realidad de los cuidadores desde principios de la década del noventa, y los exiguos momentos de reconocimiento social remunerado a la figura del cuidador, principalmente el informal, son simples granos de arena en todo un desierto.

Me encantaría que todos los ciudadanos que nos encontramos aquejados por este ‘alzheimer’ institucional y político nos juntásemos para reclamar por nuestros derechos sociales… Pero admito que no se me ocurre una alternativa de cómo llevar esto a la práctica…

Supongo que en cada país sucede algo similar y otras circunstancias (ventajas y desventajas) que son distintas. Como siempre, amigos, los invito a que las compartan en este espacio.

Porque, infelizmente, a día de hoy, los cuidadores deben ser reivindicativos, manifestar sus necesidades y exigir que se contemplen algunos derechos. Al fin y al cabo, somos un colectivo que de forma silenciosa aportamos mucho a la sociedad cargando en nuestros hombros con el cuidado (no sólo familiar, sino también social) continuado de las personas que ya no se valen por sí mismas y que, más que ninguna, necesitan de los demás para vivir una vida digna.

¡Un abrazo enorme, cuidadores!

LA NECESIDAD DE ENCONTRAR UN TIEMPO PROPIO PARA LOS CUIDADORES

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Algo tan simple como darse un recreo para disfrutar de un café puede ayudar a recargarnos de energía.

¡Buenos días, amigos cuidadores!

En el día de hoy me gustaría comentar un tema de profunda incidencia en la vida que tenemos como cuidadores: el tiempo del que disponemos para nosotros mismos. Al fin de cuentas, junto con la salud y la libertad, es uno de nuestros bienes más preciados, al menos para mí ^^.

Y por eso, últimamente, pienso mucho en cómo aprovechar el tiempo para construir algo realmente importante para mí (un deseo, una meta, una ilusión, … lo que centre toda nuestra atención), sin dejar de lado (¡¡jamás!!) una atención continuada a mi familiar con alzheimer. ¡Escrito parece algo tan sencillo, ¿verdad?! Y sin embargo, no sé a ustedes, pero a mí no siempre me dan las cuentas de como equilibrar los minutos que invierto en mí como persona y las horas que dedico a cuidar y atender a mi hermano…

Porque es una realidad indiscutible que la tarea de los cuidados exige a quienes la desempeñamos una implicación tan grande (TAN GRANDE) que, si no somos conscientes de dónde poner los límites de nuestra entrega, puede ocasionar importantes daños en la calidad de vida de los cuidadores. No obstante, la cuestión es: ¿cómo conseguir establecer límites rigurosos en una labor que no tiene horarios ni espacios exclusivos? Una labor doméstica que no se puede dejar en stand by, del mismo modo que sucedería si ésta fuese una actividad profesional; una labor que se lleva a cabo principalmente en el hogar y para la que hay que estar disponible las 24 horas del día, día tras día, …

¡Pero es fundamental buscarse la vida, agudizar el ingenio y probar mil formas distintas (si hace falta) de encontrar momentos íntimos y estrictamente personales para dejar volar nuestra esencia, nuestro yo! ¡Ahí sí que nunca, jamás, debemos claudicar en el empeño! Por muy solos que estemos, por muy adversa y exigente que sea la realidad doméstica que tengamos; por muy afectado que esté nuestro ser dependiente…

EN BUSCA DE UN TIEMPO PROPIO

¡Debemos buscar, buscar y buscar el modo de conseguir tiempo para conectar con nosotros mismos!, pues no nos olvidemos que de ello depende el poder contar con una buena y vigorosa salud física y mental. Y yo no quisiera ponerme exigente, pero creo como cuidadores tenemos ABSOLUTAMENTE vetado el lujo de enfermarnos, máxime si cuidamos solos de nuestro enfermo. Ya se sabe que la enfermedad de alzheimer no sabe de treguas ni descansos y es una carrera de fondo…

No obstante, sé por propia experiencia lo complicado que resulta todo esto: el tiempo es un valor escasísimo en nuestra rutina, conseguir momentos independientes es toda una proeza y la creencia de que nuestro enfermo sin nosotros a su entera disposición no sale adelante, son todos factores que juegan en nuestra contra.

Pero también sé que en ocasiones como ésta es obligatorio sacar a relucir el sabio o el superhéroe que actúa con inteligencia y que, por lo demás, TODOS llevamos dentro (¡que sí que los tenemos! 😉 ) y aprender a marcar sanas restricciones. Porque ser cuidadores no se trata de ser seres abnegados, sino de ser solidarios. No se trata de vivir únicamente por y para otro, sino de de vivir en función de nuestras necesidades, y de preocuparnos por estar bien para poder ser de auténtica ayuda a los demás. Hay que saber calibrar nuestra energía, para no terminar agotados antes de tiempo. Y es que, como mencioné anteriormente, el cuidado de un paciente con Alzheimer no sabe de esperas y es un proceso prolongado, que tiende a alargarse durante muchos años.

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Mis amigos de Acción Poética lo tienen claro. Y tú, cuidador, también eres capaz de hacer lo imposible.

Cuidar a alguien, y más aún cuando se trata de un familiar querido, resulta una tarea muy agradecida, ya que nos enseña a poner en práctica las mejores cualidades humana (amor, solidaridad, compromiso,…) y nos descubre las fortalezas y talentos que poseemos y que en muchos casos permanecen en la sombra si no hay necesidad de explotarlas y sacarlas a la luz. Sin embargo, como muchas cosas en la vida, es una función que contiene una cara y una cruz. Y su cruz es precisamente lo absorbente que puede llegar a ser, la cantidad de sacrificios y renuncias personales que requiere. Pero el mayor riesgo que entraña es no saber delegar,  pedir ayuda externa y darse un respiro para evitar quemarse (y aquí es donde tropezamos con el denominado síndrome del cuidador quemado o burn out),… Es tan fácil caer en la patraña de creernos insustituibles como cuidadores y, lo más descabellado: ¡creernos que podemos con todo!

Ni tanto ni tan poco… ¿no?

Estoy plenamente convencida de que debemos trabajar en nosotros y mirar por nuestro propio equilibrio emocional. Para ello es muy beneficioso echar mano de algunos recursos disponibles que existen a nuestro alcance… aunque seamos reacios a recurrir a ellos. Desde recursos externos (como terapias psicológicas grupales o individuales exclusivas para cuidadores, el solicitar un personal de ayuda a domicilio o pedir a alguien de nuestro entorno cercano que ‘cubran’ nuestro puesto de cuidador durante un rato), hasta recursos internos que implican apelar a nuestra fuerza de  voluntad y de organización (dedicar tiempo en el hogar a realizar cosas que nos apasionen y  que aumenten nuestras reservas de  endorfinas: aficiones, cursos, labores, ejercicios, meditación, terapias naturales,…). En suma, la clave radica en no asumir en soledad toda la carga que supone atender a una persona dependiente. Porque una cosa es ser cuidador principal y otra distinta es ser cuidador exclusivo (o, dicho en otras palabras, persona con vocación de mártir).

COMPROMETERSE CON NUESTRO DESARROLLO PERSONAL

Y digo más: más allá de cumplir con eficiencia nuestro rol de cuidadores y velar por mantener una vida sana y equilibra en sentido físico y anímico, yo abogo por no descuidar nuestro desarrollo personal, por reafirmar nuestra esencia y nuestro poder creativo, por luchar por nuestros sueños y, un detalle nada desdeñable, por liberarse de mandatos socioculturales que, sobre todo en el caso de las mujeres, nos imponen un modelo de rol reproductivo de cuidados y mantenimiento del hogar demasiado exigente, que no tiene en cuenta las demandas de las propias cuidadoras y sólo centra su preocupación en el bienestar de los individuos dependientes.

 Equipaje de manoAsí pues, yo animo a quienes viven como cuidadores a tomar las riendas de sus propias vidas y darles la misma valía que la de los enfermos. ¡Pero haciéndolo de verdad, como si de un compromiso se tratase, con premeditación y alevosía! Hablo de buscar pequeños momentos para poder salir de la vorágine emocional (o, si se quiere, angustiosa) que supone convivir con una persona afectada por una dolencia crónica y corrosiva; para tomarnos un tiempo para nosotros mismos, con el fin de reencontrarnos; para reflexionar sobre quiénes somos (reconocernos), para apostar por nuestras inquietudes, metas y ambiciones (realizando aquello que nos hace felices) y liberarnos de patrones paralizantes y desgastantes que nos empujan sutilmente a supeditar nuestra existencia a las aprobaciones o críticas ajenas. ¡Necesitamos TIEMPO e INTIMIDAD! Y tengan claro, amigos míos, que esto no es un mero deseo: es una n-e-c-e-s-i-d-a-d, con todas las letras.

Sin embargo, queridos amigos, la esperanza es sabernos responsables de cada decisión que tomamos (consciente o inconscientemente, a nivel personal o a nivel colectivo), ya que son ellas las que moldean nuestra existencia y nos convierten en quienes somos. Está en nuestra mano utilizar el libre albedrío del que gozamos a nuestro favor. Y no, no es una cuestión de egoísmo: es una cuestión de autoestima y de inteligencia emocional 🙂 .

LOS CUIDADORES Y LA FILOSOFÍA DE LA VIDA LENTA (SLOW LIFE).

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¡Buenos días, amigos!

Hoy me dispongo a hablar (ups! quiero decir, a escribir) sobre algo positivo que me permitió experimentar mi convivencia con la enfermedad de Alzheimer.

Y no se trata de que quiera contarles mi vida (que puedo percibir sus hombros levantados y sus pensamientos de «¿y a mí qué me cuentas?», ¡ja, ja!), sino darles motivos para no ver todo de color negro cuando pensamos en lo que nos toca vivir a los cuidadores.

¡Hay que incentivar esa mentalidad positiva con que tanto los mareo! 🙂

Por eso quisiera hablarles escribirles sobre la gran oportunidad que tenemos a nuestro alcance los cuidadores de practicar la Vida Lenta y ser la envidia de medio mundo ^^ (y sí, piensan lo correcto: hoy estoy en modo «exagerado total»).

¿Saben, amigos? Recuerdo que antes de dedicarme a desempeñar la función de cuidadora, vivía estresada, corriendo de un lado a otro, exprimiendo al tiempo cada minuto y consideraba al reloj un artículo imprescindible, venerado y consultado a partes iguales, como si de un oráculo se tratase, porque, al fin y al cabo, marcaba mis pasos y limitaba mis acciones. Me obligaba a hacer mil cosas al mismo tiempo y a ser una persona multitareas; siempre andaba corriendo de acá para allá. Pero a veces sentía que me encantaría pasar unas vacaciones en un monasterio y no hacer otra cosa más que sentarme a divagar sobre la vida e idolatrar los techos y las moscas 🙂 .

¿QUÉ ES LA FILOSOFÍA DE LA VIDA LENTA?

Supongo que tenía un estilo de vida en consonancia con aquel que promueven las sociedades modernas y cosmopolitas: el tipo de vida abocado al consumo y al uso superficial y acelerado de nuestro tiempo. Donde la sensación amenazante del «no me da tiempo» o del «tengo que darme prisa» impregna nuestras células de urgencia, de impaciencia e de impulsividad. Y lo peor de todo, nos hace mella en nuestra estabilidad bio-psico-emocional.

Recuerdo también haber leído tiempo atrás un artículo interesante (y que a mí me pareció poco menos que surrealista ^^) sobre la teoría que mantenían diferentes profesionales,  como el doctor Larry Dossey,  que diagnosticaban a las sociedades occidentales como enfermas de tiempo y advertían de las consecuencias nefastas que el estilo de vida capitalista producía en la salud global de los ciudadanos. Y  yo pensaba llena de envidia: «quien me diera la oportunidad de poder dejar el reloj en casa…»

Afortunadamente, para contrarrestar estos influjos nocivos de la rutina diaria basada en el estrés prolongado y silencioso al que nos aboca la vida moderna, nacerían los movimientos y la filosofía de la VIDA LENTA (o «Slow Life«), ¿les suena? A algunos seguro que sí 🙂

La finalidad de la filosofía de vida lenta era despertar la consciencia humana sobre la necesidad de volver a dominar nuestro tiempo, de saborear lentamente la vida, de detenernos a disfrutar de los pequeños placeres cotidianos, sin la acusadora presencia del todopoderoso reloj. Apagar, por tanto, el «piloto automático», para ser protagonistas y usuarios conscientes de ese regalo irrecuperable que es tiempo: el presente.

La asunción de la filosofía Slow Life supone albergar la certeza de sentirnos pasar por la vida, en lugar que de la vida se nos pase sin haberla aprovechado plenamente 🙂 . Suena a muy saludable, ¿verdad? Se trata, a fin de cuentas, de tomarse la vida sin prisas, pero sin pausas, lo cual no viene nada mal ^^ .

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EL VÍNCULO ENTRE LA VIDA LENTA Y SER CUIDADOR

Yo creo, amigos míos, que como cuidadores contamos con la posibilidad de acogernos a este estilo de vida, dado que estamos obligados a pasar muchas horas encerrados en casa o, en cualquier caso, supeditados al cuidado de nuestro familiar dependiente. Sin olvidar que éste nos demanda tomar las cosas con mucha calma y llevar a cabo en todo momento un ejercicio de paciencia donde las prisas se hallan desterradas.

Con lo cual, a través de esa burbuja invisible en la que vive el cuidador, se aísla de esa rutina tan vertiginosa y agobiante que resulta la vida exterior y en la que, francamente, nuestros familiares con Alzheimer no tienen cabida.

Por supuesto,  tampoco  es que nuestra vida  se presente como la situación ideal de una cotidianidad basada en el cero estrés (¡por dios, nada más lejos!).

Lo deseable sería un punto intermedio, ¿no?, un equilibrio entre las virtudes de la vida doméstica y las ventajas de la experiencia social.

Sin embargo, e infelizmente, para muchos cuidadores familiares la faceta social disminuye a su mínima expresión, aún más si nos referimos a una vida social independiente, aquélla que implica libertad de movimiento e intimidad absoluta. Seguramente esto sea de lo que más adolece nuestra cotidianidad y la causa de la mayor parte de nuestras lamentaciones (¡¡las mías, por descontado!!)

Ahora bien, si hay circunstancias que escapan de nuestro control, que no dependen de nuestra voluntad, como es el caso de tener que cuidar a un familiar afectado por una enfermedad crónica, al menos sí tenemos la opción de decidir cómo queremos vivir nuestra rutina y qué actitud tener ante ella.

En mi caso, considero que una de las cosas positivas que me aportó mi convivencia con la enfermedad de Alzheimer es aprender a levantar el pie del acelerador; reaprender a valorar la lentitud, la serenidad a la hora de analizar la realidad, el poder contar con más tiempo para admirar lo que hay a mi alrededor y saber actuar con sumo cuidado, controlando la impulsividad. Para una persona tan histérica y atropellada como soy yo , ¡este descubrimiento supuso toda una cura de desintoxicación horaria! ¡ja,ja,ja!

La verdad es que me siento muy afortunada de poder estar en mi casa (¡siempre fui muy casera!), en mi territorio, donde sí tengo libertad de movimiento y puedo flexibilizar mis horarios, hasta cierto punto. Sólo mi hermano y yo decidimos cuándo hacer qué, y en ningún otro sitio nos sentimos tan tranquilos y cómodos que estando en casa.

Y si incluso contamos en el hogar con todas las necesidad básicas cubiertas, con agua caliente para ducharse; gas para cocinar; teléfono, televisión y conexión a internet para comunicarte y distraerte; y la inestimable compañía de nuestras mascotas para sonreír, … Bueno, ¡entonces una sabe que hay poco de o que quejarse y mucho por lo que agradecer!

A orillas del Campus

Sin embargo, reconozco que a menudo me quejo mucho de mi falta de libertad, de intimidad y de tener que pasar tanto tiempo en casa, es cierto. Porque no cabe duda de que todo en exceso es perjudicial, ya se sabe. Pero, también es verdad,  que en muchas ocasiones no me molesto en ver la parte positiva del asunto…

Por eso, yo mejor que nadie comprendo que muchos cuidadores perciben estas situaciones domésticas como un encierro forzoso, como una jaula que coarta sus ansias de libertad y vida social, y lo entiendo perfectamente (¡yo también padezco días así de negativos, como les mencioné anteriormente!).

Pero mi intención es enseñar y reflexionar otro ángulo de perspectiva, más particular y sutil, desde el que mirar la vida y valorarla. Y es que como siempre argumento, toda circunstancia adversa posee un componente de positividad  y aprendizaje que nos mejora la existencia 🙂 .

En suma, una de las ventajas de ser cuidadores es que tenemos la oportunidad de romper con los patrones de vida acelerada, centrados en obtener el máximo beneficio en el menor tiempo posible, y abrazar las buenas prácticas de la Vida Lenta. Ya que precisamente tiempo es lo que nos sobra… y, tal vez, actividades (placenteras) en que invertirlo es lo que nos hace falta, ¿no les parece?

En fin, muchas , muchas gracias por haberme dedicado un pedacito de su tiempo y escuchar leer mis reflexiones de andar por casa. ¡No dejen de comentarme qué opinan! ¿Están de acuerdo conmigo o creen que perdí algún tornillo en algún momento y en algún lugar? ^^

Les mando un abrazo muy fuerte, cuidadores.

Cuídense mucho (y no es una sugerencia, ¡es una orden! 😉 )

 

COLOREANDO LA VIDA CUANDO SE ES CUIDADOR.

 

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La mayor parte de las horas del día, actualmente, las paso en medio de una maraña de contradicciones que me confunden y llenan de desasosiego todo mi tiempo: he de levantarlo pronto, que hoy toca actividades temprano… ¡uy!, pero tiene sueño y se va a levantar de malhumor; mejor lo dejo dormir un poquito más, así descansa y se despierta más relajado… pero, ¡cachis!, se mueve muy lento, llegamos tarde; he de estar muy activa y alerta a lo que le pasa… pero no demasiado que lo estreso; he de recordarle lo que tiene que hacer, que su memoria cada vez es más frágil y efímera…pero no puedo insistirle demasiado, que sino piensa que soy una mandona; he de hacerle caminar un poco, dicen que los paseos activan la serotonina y eso es justamente lo que él necesita…, pero se cansa rápido y, ¡peligro, peligro!, se está enfadando a causa del cansancio; mejor nos quedamos en casa, tranquilos y ociosos… pero se ve que se aburre mucho; ¡ah, ya sé! mejor que se ponga con el ordenador y se distraiga con internet… pero cada vez controla menos su funcionamiento y nos pasamos minutos abriendo y cerrando ventanas; se me ocurre urdir una cita con algún amigo, así salimos de casa y eso seguro que lo despeja… ¡pero ahora resulta que no quiere salir!; ¿que quieres esto? Vale, te lo doy (en bandeja si hace falta) ahora mismo… ¡¿pero por qué ya no lo quieres?!; etc, etc, etc.

Y entre tanto ir y venir, entre tanto sí pero no y entre tantos cambios de ánimos, se te acaba de terminar un nuevo día. Así es la jornada de una cuidadora con un enfermo de alzheimer. En circunstancias como éstas, una termina agota… sin realmente haber hecho nada. Resulta fácil caer en la más absoluta frustración y apatía, y cuando menos te lo esperes, el desquilibrio emocional lo tiñe todo de gris. A menos que…

A menos que busques la manera de encontrar tiempo para ti, para hacer lo que te gusta, lo que tú quieres y sosegar tu mente. Y empoderarte para afrontar con la mayor plenitud el día que te espera como cuidadora, que, por lo demás, aunque parecen iguales por lo rutinarios que son, realmente nunca sabes en qué momento algo va a detonar una explosión de asombro, de desconcierto o de sorpresa.

Ya lo dejaba escrito James Allen:

«Hay comienzos sobre los que no puedes tener ningún control ni autoridad. Éstos están fuera, en el universo, en el mundo de la naturaleza que te rodea y en otras personas que tienen la misma libertad que tú. No te preocupes por ese tipo de comienzos, dirige tus energías y atenciones a aquellos comienzos sobre los que tengas el completo control, porque son éstos los que determinan tu compleja red de resultados que componen tu vida».

Y dado que cada día trae consigo un nuevo comienzo, lo mejor es habituarte a levantarte temprano, dos o tres horas antes de que tu familiar dependiente lo haga. Porque ese tiempo será un tiempo para ti, para tus cosas, para empezar la jornada pensando en ti, en lo que te hace sentir bien. Además, las primeras horas del alba poseen el plus de ser momento de calma, silencio, donde todo fluye despacio, sin ruidos ni distracciones.

Entiendo que no siempre es fácil despertarse temprano (¡que me lo digan a mí, que siempre he sido un búho nocturno! ^^), depende de dos cuestiones fundamentales: los hábitos de cada cuidador y los hábitos de nuestro enfermo, de la etapa de la enfermedad en la cual se encuentre. Pero si en tu presente, tu ser dependiente no padece alteraciones del sueño ni deambulaciones nocturnas, ¡no tienes excusas! Con voluntad y firmes deseos de autorrealización, puedes comenzar tu día empezando por ocuparte de ti. Yo, por ejemplo, aprovecho para estudiar, planificar mi jornada, revisar temas pendientes, para tomar un café express con alguna amiga tan madrugadora como yo, ¡para escribir este blog!, y mil cosas más.

En definitiva, se trata de encontrar unas horas al día exclusivamente tuyas que contrarresten la zona gris que como cuidador puedes experimentar, esa zona donde se escurre la vida con la sensación de no haberla aprovechado lo suficiente.

Por eso insisto en mi consejo: comienza la jornada desenfundando tus lápices de colores para llenar de luz y color tu cotidianidad. ¡En tu mano está la capacidad y la habilidad de poder lograrlo!

¡Y te juro que vale la pena tanta disciplina 😉 !

Porque,cuando dedicamos tanto tiempo al bienestar y cuidado ajeno, es fácil caer en la dejadez de nuestro propio cuidado, conviene crear un fuerte hábito de autoatención emocional para no desfallecer en mitad de nuestra labor como cuidadores. Al fin y al cabo, no podemos dar nada que no tengamos, así que, ¿cómo vamos a ser capaces de brindar cuidados y apoyos de calidad a nuestro enfermo si no contamos con el suficiente bienestar dentro de nosotros?

PD: Al hilo de todo lo que acabo de expresar, se me viene a la memoria un artículo  leído en una página web fabulosa de autoayuda y motivación llamada LA MENTE ES MARAVILLOSA, que reflexiona sobre nuestras capacidades de transformar los obstáculos o adversidades en nuevas oportunidades para el crecimiento personal.¡échale un vistazo, ¡seguro que te inspira! ^^

 

¡TIEMPO DE AFICIONES!

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Cuando acudí a una de las primeras citas de consulta con la neuróloga que atiende y supervisa la dolencia de mi hermano, recuerdo que me quedé de piedra en el momento en que me dio los resultados de las diversas pruebas médicas que le habían realizada y, con él, su diagnóstico: demencia juvenil tipo alzheimer. Aún a día de hoy, 20 meses después me siguen temblando las piernas al rememorarlo. No pude evitar largarme a llorar delante de la pobre neuróloga, a pesar de mi timidez y mi discreción. Precisamente, ¡es una de las pocas ocasiones que he llorado en público en mi vida! Lloraba por mi hermano, por su maldita suerte y por el futuro que le esperaba a partir de entonces; lloraba por que el alzheimer volvía a golpear a mi familia después de haberlo padecido mi madre, era como sentir con certeza y zozobra que esta demencia era la espada de Damocles de mi familia; pero también lloraba desconsoladamente por mí, porque era consciente de lo que se me venía encima, de la sentencia de cambio tajante que me esperaba, de la dura vida de cuidadora que tendría que empezar a ejercer. Y así fue, así está siendo: un camino de cuestas empinadas y curvas serpentiantes que nunca cesan, pero que asimismo se producen en un reducido circuito cerrado:mi casa básicamente.

Como cuidadora principal mi día a día se encuentra confinado en mi hogar al lado de mi hermano y todo mi tiempo está supeditado a sus necesidades y a su vigilancia. Ya he tratado este asunto en más entradas de este blog. No es que desee regocijarme en la sensación de enclaustramiento que tanto nos atosiga a quienes somos cuidadores de algún paciente con alzheimer, pero es necesario referir esta realidad, pues porque ahí está, marca una frontera definitiva entre el mundo que sucede fuera, la libertad, y nuestra cueva cerrada, alejada de la vida que nos gustaría disfrutar y de la intimidad que alguna vez tuvimos y ya cayó en el olvido. Ahora bien, ¿y si convirtiésemos nuestras ataduras domésticas en un tiempo para sacar provecho a nuestras aficiones más amadas?

Y es que son muchas las personas que alguna vez han querido dedicar su tiempo libre a realizar algún proyecto personal o profesional. En general, pienso que todos tenemos talentos ocultos o dormidos que siempre terminaban relegados por las condiciones estresantes de nuestra rutina diaria repartida entre las labores domésticas, las responsabilidades familiares y la vida laboral productiva. O también más de una persona es una apasionada de un pasatiempo, un hobby, una práctica creativa que le sirve para entretenerse y relajarse. Pues bien, estando tantas horas recluidas en casa, ¿no es este un buen momento para desarrollar con ahínco esta pasión?

Artesanías, manualidades, repostería, costuras, escritura, ilustración, utilización de redes sociales cibernéticas, etc. ¡Hay tantas cosas que podemos hacer estando en casa! Además, en la era de la informática, internet es un gran aliado para darnos ideas y enseñarnos a ponerlas en prácticas. Creo honestamente que puede resultar muy terapéutico, además de conectarnos con nuestra vocación o nuestra afición más querida.

He aquí una pista de cómo empezar: http://es.wikihow.com/elegir-un-proyecto-de-manualidades